Reclutas.
Después de ayudarme a rellenar el papeleo, el suboficial Juseff miró al cabo de administración y le hizo una ligera inclinación de cabeza. La mano del cabo desapareció bajo el escritorio, rebuscó en un cajón y volvió a aparecer con una tarjeta violeta que extendió a su superior entre sus dedos índice y mayor. Juseff, si mirar, cogió la tarjeta y me la pasó a mí.
–Esta es nuestra “sala de espera”. Podrás descansar y comer algo. Acomódate lo mejor posible, aunque no demasiado – me lanzó un guiño–, vas a salir lo antes posible.
“Pensión El Búho Solitario” rezaban los caracteres negros.
–Que nombre más inspirador para un alojamiento transitorio– comenté.
–Está a dos calles de aquí. Entras, muestras la tarjeta y tu foja de reclutamiento al que esté en recepción y listo.
–No tengo mucho dinero– me adelanté.
–“...y listo” quiere decir que invita la casa– aclaró Juseff.
–Genial– dije intentando disimular mi alivio. Todo mi capital ascendía a cinco miserables libras que un enfermero piadoso había dejado flotando entre las pelusas de mi bolsillo izquierdo–. Pues sólo me queda agradecerle las molestias, suboficial Juseff.
–Aún no agradezcas nada. Te estoy mandando de cabeza a “la tormenta del plomo y del acero”.
–Vaya, veo que lee usted a Djaal también.
Esquivó mi comentario con una sonrisa.
–Si sobrevives el primer año, quizás podamos agradecernos mutuamente el estar vivos. Buena suerte. Todo está aquí, no pierdas nada–, dijo extendiéndome la típica carpeta de cartón con cierre de gomas en las esquinas
–Gracias–, contesté.
Chasquearon los elásticos de la carpeta una vez que verifiqué su contenido. Era hora de irse. Nos estrechamos las manos.
–Demuestra lo que vales– dijo en tono sombrío.
–Haré todo lo posible– contesté saliendo al corredor y cerrando la puerta. Dí dos pasos y la puerta volvió a abrirse.
–Me da que lo posible no va a ser suficiente, muchacho– escuché a mis espaldas–. ¡Habrá que recurrir a lo imposible!
Cuando alcancé a procesar lo que me había dicho ya estaba a la mitad de la escalera rumbo a la planta baja.
Afuera el sol se había escondido tras un espeso telón de nubes. En los escuetos rectángulos ajardinados frente a los viejos edificios, el cambio de estación había acumulado una alfombra de hojas que ahora comenzaba a flotar en pequeños y desordenados remolinos. Despellejados, los álamos de las aceras formaban una escolta de tétricas y nudosas manos elevándose hacia el cielo encapotado. Me subí la solapa buscando protección del aire del noroeste. A la distancia, el perfil azulado de la Cordillera de los Candelabros parecía prometer más frío todavía.
“Maldita calefacción”, mascullé pensando en la atmósfera espesa y tibia que había dejado atrás. “Silenciosos y traicioneros radiadores hijos de puta” añadí. Continué refunfuñando unos metros hasta que los escalofríos me dejaron en paz.
Dos calles más abajo, tal como dijo Juseff, encontré la pensión.
Su cartel luminoso de metal y acrílico oscilaba en sus enganches bajo un soportal compuesto de tres arcos aguantados por sus correspondientes columnas. Tenía un búho, de enormes ojos amarillos en el centro que parpadeaban al ritmo de los fluorescentes. Toda la fachada lucía bastante maltratada por los elementos.
Atravesé el umbral haciendo sonar la campanilla que colgaba del dintel. Di unos pasos hasta ser interceptado por la recepcionista de turno, una mujer bajita de unos sesenta y cinco y aspecto aburrido. Se presentó como Dora –o al menos eso pude entenderle.
Fuimos juntos hasta el mostrador semicircular de la entrada, Dora lo rodeó para colocarse en el interior y subirse en una tarima que le hacía parecer más alta. Observándola, notaba en sus gestos un cierto desgano crónico, una especie de amabilidad rutinaria e impersonal, que, lejos de ser reconfortante, me hacía sentir cual convicto recibiendo su última comida.
Un poco nervioso abrí la carpeta. Primero puse la tarjeta sobre el mostrador, a continuación extendí cuidadosamente los papeles oficiales tratando de no emborronar los lugares donde la tinta parecía no haberse secado aún. Ella levantó las gafas que colgaban de una cadenita y, mirando a través de ellas pero sin ponérselas, echó un rápido vistazo. Inclinó la cabeza con gesto aprobatorio: ya tenía derecho a una estancia gratuita.
Dora abandonó su puesto tras el mostrador para enseñarme el camino a mi habitación. Encaramos una larga galería. A la izquierda tenía una silenciosa hilera de puertas, a la derecha los típicos paneles acristalados divididos por travesaños de madera despintada. Entonces la luz del exterior comenzó a menguar de forma alarmante, como si alguien hubiese adelantado la noche. Mi guía levantó la cabeza hacia las ventanas que daban a la calle y sin detener su tranco declaró:
–Va a caer una buena.
–¿De veras?– dije impulsado por la magia que tiene hablar del clima–, en la radio dijeron que haría buen tiempo hasta pasado mañana.
Dora levantó la mano y la revoloteó por encima de su cabeza.
–Los de la radio con su meteorología. Yo con mis huesos.
No dijimos más.
En la puerta número cinco nos detuvimos. La pequeña mujer giró hacia mí y, dejando caer en mi mano una llave de la que colgaba un cartón con un número hecho a lápiz, recitó con un hilo de voz monocorde:
–Bienvenido a nuestra pensión, tenga usted buena estancia en El Búho Solitario – y dando por concluida la ceremonia de bienvenida, deshizo el camino hacia su puesto de trabajo con sus minúsculos pasos ahogados por la alfombra. Llegando a la mitad de la galería, se oyó el ronroneo de un trueno.
–Yo con mis huesos–, pronunció con una risita sarcástica, mientras apuntaba al cielorraso con su mano derecha–, yo con mis huesos.
Me encogí de hombros, nunca había entendido a los viejos y el maniático placer que los invade al acertar con el clima. Prometí para mis adentros que, de llegar a viejo, intentaría tener en mi vida algo más que un barómetro en las articulaciones.
Giré y empujé el pestillo.
Al abrir la puerta, nomás cruzar el vano, un relámpago me dejó prácticamente ciego. Inmediatamente estalló un trueno como un cañonazo. Las bombillas pestañearon un par de veces y se apagaron. Me quedé petrificado en la oscuridad, mientras un segundo relámpago pintaba mi silueta de blanco y otro trueno hacía temblar la pensión hasta sus cimientos. De alguna parte llegaron las palabrotas de la dulce y pasiva Dora –algo menos pasiva y mucho menos dulce– , acompañadas del chasquido de la palanca de la caja de fusibles. La electricidad regresó a las venas de la vieja instalación, la arcaica pensión regresó de las tinieblas.
Ya con luz, descubrí tres pares de ojos contemplándome atónitos desde las literas que flanqueaban la entrada.
–¡Menuda entrada, tío!–dijo uno.
–Poco me faltó para cagarme en los pantalones–, soltó otro.
–¡Todo un Barnabaz Köll20, te diré!–, apuntó el de al lado.
Todavía un poco confundido y con cara de tonto, con el pestillo aún pegado a mi mano y pequeños fosfenos danzándome en los ojos por culpa de los bruscos cambios de iluminación, sólo atiné a decir con fingida voz cavernosa:
–Caballerosss, la cena esta servidaaa.
Se escuchó una carcajada generalizada. Yo también reí, después de todo, no sólo había disimulado mi susto, incluso había quedado como un tío gracioso.
–¡Ja, ja, ja! Te has pasado macho, ¿habéis visto? Tal cual Barnabaz Köll, en la peli “El Castillo del Ocaso”.
–Si, ¡lo ha clavado! Actuación perfecta.
–¿No era en Sirviente de la Oscuridad que decía eso?
–¿Y qué mas da? ¡Sus pelis son todas parecidas, ja, ja, ja! Pero, ¡tío, no te quedes ahí parado, pasa, me cago en la leche!
Esas palabras rompieron el hechizo y hacerme soltar el pomo de la puerta. Quien estaba más cerca, un chico rubio de cara regordeta y ojos saltones, me extendió una mano para saludar. Por arte de magia surgió un atado de cigarrillos exponiendo sus delicados cilindros de papel hacia mi y yo no desprecié la oferta. Chasqueó un mechero, la habitación se llenó de humo y de olor a tabaco. Nos repartimos lo mejor que pudimos, usando las literas como asiento y una mesita de noche en el centro de la habitación a modo de fogata de campamento. Allí se puso un cenicero que pronto estaría a rebosar de colillas aplastadas.
–Me llamo Garbel –dijo el rubio regordete–, soy de las afueras de Pretnatz, ex empleado de una papelería.
–Yo soy Lucas, Lucas Darlermët. Soy de Vallegrande y...
–Lo que se dice un chico pijo de barrio pijo, ¿no? –acotó Garbel entre guiños y gesticulaciones.
–Vamos, déjalo ya, ¿quieres? El chiste dejó de serlo hace media hora –, respondió enfadado Lucas–. Como te decía soy de Vallegrande y sí, un barrio recoleto, donde abunda la gente de clase pudiente...que por cierto– lanzó una mirada de reproche a Garbel–, también morimos cuando nos caen las bombas encima.
–Tranqui, campeón– se defendió Garbel con una sonrisa de bufón y sus manos alzadas en son de paz–, sólo me metía contigo para pasar el rato. Espera un momento, ¡claro, los pijos no saben bromear!
–Eres un imbécil, ¿lo sabias?– replicó Lucas.
–Calmaos, tíos –intervine– pasemos un rato agradable. Guardemos las broncas para los bekkos.
–Valeee–, dijo Garbel – lo dejo, me pasé de tonto, ¿contentos?
–Por mí, bien – respondió el atacado.
–Dime Lucas, ¿a qué te dedicabas antes de acabar en una triste pensión, esperando un camión militar?–pregunté expulsando el humo del pitillo por la nariz.
–Estudiaba en la Universidad de Fröilenbach, tercero de medicina. Y además jugaba en el equipo universitario de haffi.
–¡Qué bien! ¿Qué posición?
–Ala izquierda.
–¿Eras bueno?
–Me defendía– contestó oscilando los hombros con falsa humildad.
–Este Lucas es bastante modesto– acotó un muchacho flaco, de piel oscura y pelo trenzado al estilo típico de los pueblos occidentales de las montañas–, lo vi en dos ocasiones y me impresionó. Por cierto soy Heriberto Sanda, nací en el oeste, pero mis padres me trajeron de bebé a la ciudad. Soy fontanero, bueno... lo era cuando mi padre aun tenía el negocio y yo curraba con él.
–Encantado. Pues, yo soy Matheo Vinterjäus, originario de Lakcedonia, una pequeñísima ciudad, cincuenta y siete kilómetros al noreste de aquí. Ex estudiante de periodismo, a sólo un pelo de recibirme, hay que joderse.
Desde arriba, muy por encima de nuestras cabezas llegaba un estruendo parecido al de mil bisontes en estampida. Una ráfaga de destellos llenaron la habitación, la luz amagó a irse pero continuó con nosotros.
–Matheo, ¿no has entrado tus cosas? Tus petates, me refiero –observó Lucas. Inmediatamente recibió un codazo en las costillas–. ¡Auch! ¿Qué pasa, dije algo malo?
–No pasa nada chicos– contesté– salí de hospital luego de una temporadilla y me vine directo hacia aquí. Lo que veis es todo lo que me queda en el mundo. Nada de qué avergonzarme.
Un fuerte siseo proveniente del tejado indicó que, al fin, se había desatado el aguacero. Nos quedamos escuchando el agua rebotar contra el cristal, contra la casa, contra el mundo. Dentro de la habitación parecía que el silencio apretaba los corazones. Garbel decidió romperlo.
–Que alguien me corrija si me equivoco –dijo aplastando parsimoniosamente el cigarrillo en el cenicero–, todos hemos sido arrastrados hasta aquí, ¿verdad? Digo que ninguno está aquí por otra razón que no sea por culpa de estos cabrones hijoputas.
Se escucharon suspiros y carraspeos. Como muchos que nos enrolamos en esos días las heridas en nuestros cuerpos y mentes eran muy profundas. Era el sentimiento de revancha y no el patriotismo lo que nos empujaba a empuñar las armas. Era algo personal para nosotros.
–No, no hay vocacionales aquí, Garbel– contestó Heriberto –, tengo a mi padre en el hospital, está ciego. Mi madre está todo el día con él. Les rompí el corazón cuando anuncié que me iba a enlistar. Yo les dije que no podía mirarme al espejo si me cruzaba de brazos y no hacía nada para ayudar a castigar a esos malnacidos.
–Bien dicho, Heri – aprobó Lucas.
–Mi mujer está entre los desaparecidos– masculló Garbel–.Todos le dijimos cuánto lo sentíamos, un gesto automático de pésame que, a esas alturas, ya formaba parte de nuestras vidas.– Gracias, chicos, sois muy amables. En fin... Dejé el trabajo, no podía...aún no puedo pensar en nada más. No habíamos cumplido el año de casados. Así que pienso patear todo los culos que pueda.
–Quizás mis razones os parezcan menos poderosas–, dijo Lucas.
–Menuda tontería, ¿porqué íbamos a pensar eso?– solté.
–Yo no perdí a familiares directos. Pero sí a muchos parientes y amigos. Mi equipo de haffy prácticamente no existe. Compis de la universidad, profesores... una lista demasiado larga. Para mí esto es una cuestión de dignidad. No puedo permitir que nos desangren como a cerdos en un matadero. Es inmoral.
Hubo una pausa en la que nadie dijo nada pero se entendía que me tocaba el turno de abrir la boca. No me quedaba más remedio, por más que no me apetecía en absoluto.
–Simplemente me quedé sin nadie en el mundo– dije alzando las palmas y dejándolas caer sobre los muslos–. Habrá algún tío o prima lejanos sueltos por ahí, con los que nunca tuve contacto, no lo sé. Pero de los que cuentan, padres, amigos cercanos...nadie. Yo no quiero ir a patear culos. Quiero ir y arrancarles el corazón, hacerme un collar con ellos. Y no me importa morir si me llevo a unos cuantos desgraciados conmigo.
Por un momento pareció que hasta la tormenta se callaba. Lo que suele decirse un silencio incómodo. “Al fin, se te fue la pinza”, pensé, algo sorprendido por lo que acababa de salir de mi boca, “acabas de convertirte en el rarito del grupo”. Entonces, una fuerte palmada en la espalda me hizo dar un salto.
–¡Tío– dijo Garbel–, das un miedo que te cagas! Me alegro de estar en tu bando, ja, ja, ja. ¿A que si? ¿A que este pavo da algo de repeluz?
Hubo alguna risa nerviosa.
–Déjalo tranquilo–, amortiguó Heriberto con la sedosa voz de la gente del oeste.
–Me voy a la marina, escuela de oficiales– , dijo cortante y sombrío Lucas, como si tuviese que decirlo o reventar– por si a alguien le interesa.
El caso es que a todos nos interesaba. Nos estábamos despidiendo de la vida normal y rutinaria, de todo lo conocido y apaciguaba el alma compartirlo. Porque a pesar de no tener idea de dónde nos estábamos metiendo, un fuerte presentimiento nos escarbaba el alma. Un presentimiento que se quedaba muy, pero muy corto en comparación con la realidad que nos esperaba.
–Ejército, infantería mecanizada– dijo Heriberto–. Soy bueno con las herramientas, mientras no esté pegando tiros supongo que me pondrán en mantenimiento de vehículos.
–Yo me meteré a caballería aerotransportada, de piloto de helicópteros– dijo Garbel–. Solía pilotar una pequeña avioneta que me prestaba mi suegro. Dicen que es mas difícil pero, qué narices, ¿qué no lo es en esta puta vida? ¿Y tú, Matheo?
–Fustreks, el suboficial fue muy convincente.
–¡La madre que te parió! Ya podía haber apostado por ello –, exclamó Garbel–. Eres un chico muy, muy malo. Eso si aguantas el entrenamiento, dicen que es muy, pero muy...
–¿Difícil? – lo interrumpí–. ¿Y qué no lo es en esta puta vida, compañero?
–Tienes razón, me callo, je, je.
–Bueno pero, tampoco es para que me miréis como a un bicho raro– dije preocupado por saberme el centro de las miradas.
–Na macho, es que los fusileros, joder– dijo meneando la cabeza Lucas–, tú sí que sabes cómo montártelo. Esos tipos son de lo más duro que hay. Tenía un tío lejano, por parte de madre, que era capitán de fusileros, no sé en cuantos fregados estuvo metido. De pequeño me daba un miedo terrible con sus cicatrices en la cara. Era taciturno y nunca contaba mucho de sus aventuras...
–Pues yo me siento orgulloso de que alguien tenga el coraje para ocuparse de las tareas chungas. Lo digo de corazón– acotó Heriberto.
–Sí que sabéis animarme, hay que reconocerlo– comenté dándole un largo beso al filtro de mi cigarrillo.
Llegaron más risas y más palmadas en la espalda, se hacía lo posible para relajar el clima, aunque claro, no lo conseguíamos totalmente.
Continuamos charlando, entre truenos y relámpagos, con el sonido de los latigazos de agua contra los cristales. Garbel optó por dar una cabezadita, “los catres militares no tienen fama de blandos, voy a despedirme de este” comentó, fiel a su estilo.
Daban casi de las siete de la tarde, cuando Dora anunció, del otro lado de la puerta, que la cena caliente nos esperaba en el comedor.
–Para mí esta es la hora de la merienda –comenté mientras salía de la litera–, pero ya puestos …
–Y a caballo regalado, como dicen...–, comentó Heriberto, desperezándose.
–Bahat– dijo Lucas.
–Venga, mariquitas, me muero de hambre– dijo Garbel.
Me costó un poco comer, siempre que estoy nervioso se me hace un nudo en la boca del estómago. De algún modo y sin que nadie dijese nada, habíamos llegado a una suerte de acuerdo sobre disimular nuestras ansiedades, ya que ninguno de nosotros tocaba el tema en profundidad. No se escuchó ninguna reflexión sobre nuestra perspectiva más cercana, como, por ejemplo, que estábamos a punto de poner nuestro culo en manos de algún instructor para que hiciera con él lo que le viniese en gana los próximos meses. Sólo se comió y se bebió.
De vuelta en nuestra habitación nos dedicamos a probar la consistencia de los colchones mientras fumábamos entre trivialidades, chistes y distracciones varias. Pasó el tiempo y nos fuimos poniendo cada vez más taciturnos.
Como a las dos horas vino un oficial de la marina enfundado en su grueso y empapado capote y se llevó a Lucas, quien se despidió sin ceremonias.
El temporal no dejaba de arreciar, sus embates era lo único audible a lo largo de todo el edificio, ningún sonido humano perforaba aquel silencio fúnebre, la pensión hacía honor a su nombre.
Casi a las diez de la noche apareció un sargento del ejército con cara de pocos amigos, quien sin siquiera sacarse la capucha de su impermeable condujo a Garbel y a Heriberto hacia la salida con voz áspera y modales a tono.
Una vez más, me había quedado solo, pero al menos Lucas me había dejado un paquete de cigarrillos a estrenar.
De pronto echaba de menos el hospital. Allí siempre había alguien roncando en la cama de al lado o en la de más allá y los blancos y chirriantes zapatos de las enfermeras te arrullaban hasta sumergirte en un delicioso sueño vigilado. Sentí algo de miedo y luego, aburrimiento.
A falta de otra cosa, me puse a reflexionar en cómo rayos había acabado allí, tumbado en la cama, aún vestido, con la desvencijada parrilla de la litera de arriba como objeto de contemplación, en una pensión de mala muerte. Pero la mente, como siempre, es un viejo tren que sólo sabe ir de estación en estación, que se resiste a abandonar su itinerario, a desentrañar lo nuevo. La mía dio tantas y tan inútiles vueltas que acabó por descarrilarse, me lanzó de morros a la negra poza de una narcosis que distaba mucho de un verdadero descanso. Un sueño como una capa de brea, algo con que cubrirle los ojos a un muerto, como dormir sin dormir.
Muy probablemente serían las cuatro de la mañana cuando el pernicioso haz de una linterna atravesó mis párpados hasta despertarme. La boca me sabía a metal y mi sentido de la orientación estaba más desorientado que de costumbre. Alcé la mano para atajar el chorro luz. El que empuñaba la linterna dejó de apuntarme a la cara.
–¿Vinterjäus?¿Es usted?–, pronunció en tono suave pero imperativo.
–¿Cómo?...Yo... sí, claro soy yo.
El soldado enfocó la linterna hacia una de esas tablillas con una pinza metálica, forrada en plástico, que sostenía lo que supuse era un lista. Llevaba un largo impermeable camuflado que goteaba incesantemente en el piso.
–Hum...Matheo, ¿verdad?
–Sí, Matheo Vinterjäus, señor... creo que no hay nadie más en toda la maldita pensión.
Me volvió a apuntar con la linterna y yo a levantar la mano.
–Primero, “señor” es para los oficiales. Diríjase a mí por mi rango, o sea cabo o mi cabo. Segundo, mi tarea es verificar absolutamente la identidad de los aspirantes a reclutas, no somos cualquier unidad que dejan entrar cualquier cosa con tal de tener carne de cañón. Así que, ¡tenga la bondad de cerrar el puto pico y dejarme hacer mi trabajo!
–Vale, señor...digo, cabo.
El cabo dio un bufido de exasperación y continuó lo suyo. Cogió mi carpeta y repasó todos mis datos como si no hubiese una guerra esperando ahí afuera. Cuando acabó se cuadró ante mí y saludó militarmente. Un poquito me asustó.
–Aspirante Matheo Vinterjäus, debe usted acompañarme para ser trasladado de forma inmediata a las instalaciones donde recibirá en entrenamiento necesario para ingresar a la gloriosa División de Fustreks.
Tanta formalidad me impresionó a la vez de hacerme sentir algo descolocado, como un niño en un mundo de adultos. Marché detrás de él. Dora no levantó los ojos de su revista cuando pasamos a su lado.
Afuera el cielo seguía cayéndose a pedazos. Recibí el desagradable trallazo helado en los hombros y en mi cráneo indefenso.
–¡Paso ligero aspirante, a no ser que quiera hacer todo el viaje hecho una sopa!
No necesité que me repitiera la orden. Corrimos hacia la parte de atrás de un transporte ligero. Al mirar dentro me sorprendí tanto que no pude evitar girarme hacia mi acompañante.
–¿Estoy solo?
–¿Esperaba un camión de seis ejes repleto de paletos no? Veo que aún no entendió el concepto de tropa de élite. ¡Mueva el culo que está diluviando!
Salté dentro, buscando el refugio del techo de lona. El cabo ocupó su lugar junto al conductor, hizo una seña de mano hacia adelante y arrancamos.
Me acomodé lo mejor posible en el asiento de madera y me preparé para un viaje lleno de bamboleos y sacudidas, con el repiqueteo de la lluvia en la lona como música de fondo. Afortunadamente hicimos varias paradas y recogimos algunos aspirantes mas, entre ellos una mujer, cosa que me llamó poderosamente la atención, si bien nuestro ejército tenía un larga tradición de incluir a ambos sexos entre sus filas. Ahora ya no me sentía tan solo, tan bicho raro.
Cuando los ocho lugares se completaron el cabo dijo: “a la base” y ya no nos detuvimos hasta una hora y media después.
Barnabaz Köll20 : famoso actor de origen tautano , icono de la época dorada del cine de terror. Realizó más de 50 películas y 4 series televisivas en las que siempre interpretaba a algún ser malévolo pero con alguna faceta que se ganaba el favor del público. Sus personajes son hoy, objeto de culto y mueven una gran industria de souvenires de todo tipo y color. Falleció 5 años antes del comienzo de la guerra, fue enterrado en su natal Tautan con honores de jefe de estado, en un panteón especialmente dispuesto para el descanso de sus restos. Su tumba siempre cuenta con peregrinos cinéfilos y nostálgicos.